A
diario se generan en el mundo millones de rayos. No es, por tanto, un
fenómeno raro. Ahora bien, los rayos que caen a tierra son relativamente
escasos, y los que causan daños todavía lo son más, por fortuna. Tuve
oportunidad de comprobar qué sucede cuando un rayo atraviesa una casa el
verano pasado en Triollo, provincia de Palencia. Por fortuna, nadie se
encontraba en el interior del edificio cuando golpeó el rayo, pero el
estruendo dicen que se escuchó en todo el pueblo.
A los pocos días,
cuando visité el lugar, pude ver cómo la descarga eléctrica había
penetrado en el interior de la casa, rompiendo parte del revestimiento
de piedra en un punto concreto, quemando todos los materiales que había
en su camino formando huellas en forma de grandes raíces como si de un
enorme árbol de fuego se tratara.El
resultado del choque no era muy espectacular, pero sí inquietante.
Salvando las distancias, cuando la potencia de la descarga eléctrica del
rayo es lo bastante potente al entrar en contacto con materiales del
suelo, puede aparecer algo ciertamente atractivo y único. Se trata de
las fulguritas (del latín fulgur, relámpago), un tipo de vidrio
natural que se forma cuando un rayo alcanza el suelo. Claro, no siempre
que cae un rayo se forman fulguritas, puesto que los materiales de la
superficie expuestos al mismo deben tener ciertas condiciones para que
el proceso se lleve a cabo. En terrenos arenosos (o menos comúnmente en
otros de tipo arcilloso), el súbito aumento de temperatura de miles de
grados generado con el choque, junto con el también casi instantáneo
enfriamiento, hace que el material del suelo se funda. Todo sucede en
escasos milisegundos, dando forma a una fulgurita, masa vítrea que tiene
la apariencia similar a cilindros huecos ramificados muy vistosos de
colores diversos según la composición del material original del suelo.
Extraer una fulgurita es complejo porque son frágiles y tienen a
romperse en pedazos con facilidad.
Las fulguritas no son un simple divertimento geológico, tienen utilidad por ejemplo a la hora de realizar estudios paleoambientales. En casos de fulguritas con miles de años de antigüedad, el análisis de burbujas de aire atmosférico encerradas en el vidrio creado por el rayo ofrece pistas de gran interés sobre las condiciones ambientales de épocas pasadas. Uno de los casos más célebres de fulgurita es el de un ejemplar de gran tamaño (con ramas de hasta siete metros de longitud) que se formó el 24 de mayo de 1998 en Torre de Moncorvo, Portugal. En ese caso fue una torre metálica la que sirvió de “reclamo” para el rayo. Esta fulgurita, una de las más grandes conocidas hasta ahora, puede contemplarse en el Museo Geominero de Madrid.
Como apunte final cabe recordar que las fulguritas nada tienen que ver con las “piedras de rayo” o ceraunias, herramientas líticas prehistóricas con forma de flecha que durante mucho tiempo se creyó que que habían sido formadas por caídas de rayos a la tierra.
Las fulguritas no son un simple divertimento geológico, tienen utilidad por ejemplo a la hora de realizar estudios paleoambientales. En casos de fulguritas con miles de años de antigüedad, el análisis de burbujas de aire atmosférico encerradas en el vidrio creado por el rayo ofrece pistas de gran interés sobre las condiciones ambientales de épocas pasadas. Uno de los casos más célebres de fulgurita es el de un ejemplar de gran tamaño (con ramas de hasta siete metros de longitud) que se formó el 24 de mayo de 1998 en Torre de Moncorvo, Portugal. En ese caso fue una torre metálica la que sirvió de “reclamo” para el rayo. Esta fulgurita, una de las más grandes conocidas hasta ahora, puede contemplarse en el Museo Geominero de Madrid.
Como apunte final cabe recordar que las fulguritas nada tienen que ver con las “piedras de rayo” o ceraunias, herramientas líticas prehistóricas con forma de flecha que durante mucho tiempo se creyó que que habían sido formadas por caídas de rayos a la tierra.
